Presentación del caso: el departamento de informática de una gran empresa no lograba sacar adelante los proyectos. Hablé con su superior, un gestor visionario, como debe ser. Como siempre, pedí que me dejara observar, comunicar con los empleados, asistir a sus reuniones. Aproveché para entablar conversación con uno de ellos que estaba preparándose un café. Les transcribo la conversación:
-Hola.
-Hola.
-Así que tú eres informático, ¿verdad?
-Sí.
Y se fue.
Cuando asistí a una de sus reuniones, la comunicación no fue mucho más fluida. Diez informáticos se sentaron alrededor de una amplia mesa, cada uno escondido detrás de su ordenador portátil, y no se dirigieron la palabra. Escribían, miraban la pantalla, y aparentemente se ignoraban entre ellos. Pero seguían escribiendo. Pronto me di cuenta de que se estaban comunicando por mensajería instantánea. Fascinante…Eran incapaces de hablar, charlar, discutir, negociar… si no era a través de su ordenador.
Diagnóstico: habían formado un grupo de personas, pero no un equipo, y para alcanzar los objetivos exitosamente, era preciso realizar un desbloqueo comunicacional sostenible que formara un equipo y lo desarrollara en un proceso de cambio. Para ello, nada más eficaz que un seminario intensivo teambuilding, de una jornada de catorce horas seguidas (no me habría atrevido a hacerlo con cualquier otro departamento, pero los informáticos están acostumbrados a trabajar el doble de horas que cualquier otro empleado), con un amplio componente motivador e importantes elementos de ocio, incluso lúdicos. El programa de la jornada incluía:
-aprendizaje entretenido
-exposición interactiva del monitor con apoyo audiovisual
-actuación de un logopeda para fomentar la comunicación oral y perder el miedo a escuchar la propia voz.
-entrenamiento asistido
-trabajo grupal
-actividades motivacionales tradicionales.
En mi programa había incluido también una actividad innovadora y transgresora: un encierro con vaquillas.
Por supuesto, el proyecto desagradó al colectivo informático, tan proclive a no reconocer que la vida se extiende más allá de un ordenador. Por suerte, el visionario gestor de proyectos se entusiasmó con la idea y les alentó a asistir, so pena de no revisar sus sueldos en diez años.
Resolución: la actuación del logopeda resultó exitosa; todos, absolutamente todos, chillaron y gritaron sin el menor atisbo de vergüenza cuando las vaquillas se abalanzaron sobre ellos. Pero ante todo, se había logrado formar equipo, puesto que todos corrían juntos, en la misma dirección y con un objetivo común: huir de las vaquillas.
Feedback: uno de los participantes me miró de manera sumamente agria y no dudó en nombrar a mi madre en unos términos insultantes, pero no quise enzarzarme en una disputa con un informático que tenía un brazo roto y hematomas por la cara como resultado del encierro.